La lección de Echeverría

Luis Echeverría Álvarez fue un presidente que gobernó a México desde sus filias, sus fobias, pero sobre todo desde sus complejos.

Alcanzó la Presidencia bajo la sombra de Gustavo Díaz Ordaz, de quien fue durante dos sexenios su lado más oscuro, que estalló en la Matanza de Tlaltelolco.

Desde sus privilegiadas posiciones actuó siempre usando el poder y la fuerza, mostrando una doble fachada, traicionando a su Patria desde que, a principios de la década de los 60, se enlistó como agente de la CIA bajo el código de Litempo 8.

Pero una vez sentado en la Silla del Águila, Echeverría fue descorriendo el misterio de su verdadera personalidad en el uso y el abuso del poder. Y gobernó a contracorriente solo para acabar con 22 años de estabilidad política y económica.

Las teorías que dan cuenta del éxito en política advierten que siempre se tiene que guardar el equilibrio entre la fe – que es la Iglesia-, la esperanza -que son los militares- y la caridad -que es el capital.

Se puede tener una confrontación abierta con uno de esos tres poderes fácticos sentados en la mesa de la gran negociación nacional, o con dos, pero jamás con los tres, so pena de un cisma de insospechadas consecuencias. Y el presidente Echeverría no midió esas consecuencias.

Con la Iglesia, durante su sexenio alentó las tesis socialistas de la Teología de la Liberación, apadrinadas por Sergio Méndez Arceo -el llamado Obispo Rojo- y apadrinó la infiltración de esas ideologías en las empresas. El caso de Grupo Saltillo y la huelga de Cinsa-Cifunsa fue emblematático.

Y el Papa Paulo VI se sintió utilizado cuando en 1974 Echeverría fue hasta el Vaticano, no a buscar mejores relaciones, sino a promover políticamente su fallido liderazgo tercermundista con su Carta de Deberes y Derechos de las Naciones. El vínculo con la fe se quebrantó.

Con los militares, el presidente Echeverría buscó exorcizar sus culpas, y las de su alfil Fernando Gutiérrez Barrios, en aquella fatídica Noche de Tlaltelolco en la que murieron decenas de estudiantes y otros tantos desaparecieron.

Buscando eludir su responsabilidad, el entonces presidente intentó endosarle la decisión de aquella masacre estudiantil al general Marcelino García Barragán y a su Batallón Olimpia.

El Ejército mexicano se sintió traicionado por su jefe Supremo. La matanza del Jueves de Corpus, el 10 de junio de 1971, solo vino a confirmar que Echeverría y los militares eran como el agua y el aceite. El vínculo con la esperanza se rompió.

Con los empresarios, el candidato Luis Echeverría vivió un romance que ya con el presidente Luis Echeverría se volvió una pesadilla.

En el fondo, el llamado Hombre de la Guayabera, el que buscaba la cercanía lo mismo de Fidel Castro que de Salvador Allende, tenía un desprecio por el capital y sus prohombres.

El clímax de su crisis con los empresarios se dio en 1973 con los asesinatos de don Eugenio Garza Sada, el patriarca del Grupo Monterrey, y el de Fernando Aranguren, el también patriarca del Grupo Jalisco. Ambos empresarios fueron víctimas de la Liga Comunista 23 de Septiembre, con la que se entendía desde las sombras Fernando Gutiérrez Barrios, el puño duro del echeverrismo.

Las invasiones de tierras en el noroeste de México, además de la estatización de innumerables industrias privadas, acabaron por provocar el quiebre del gobierno con el empresariado. La fuga de capitales propició la primera devaluación del Peso en 22 años. El vínculo con la caridad se hizo añicos.

Viene este recuento histórico porque los tiempos actuales, los del gobierno de la Cuarta Transformación, vuelven a recordar aquellas confrontaciones con la fe, la esperanza y la caridad.

Con sus acercamientos cada día mas evidentes con las iglesias evangélicas, el presidente Andrés Manuel López Obrador esta inquietando no solo a la curia católica mexicana, sino a la alta jerarquía del Vaticano. Hay desencuentros con la fe.

Con los militares se vive en una curiosa esquizofrenia. Como candidato, López Obrador los quería de vuelta en los cuarteles. Como presidente, lo sacó de esos cuarteles, para darles todo el poder y la gloria presupuestales, desplazando a los civiles.

Pero la mitad de esas milicias recelan hoy del rol de policía que con la Guardia Nacional se les endosó. Y el escándalo internacional del general Salvador Cienfuegos está poniendo a prueba esa frágil relación. Relean el discurso del General Gaytán. Hay alerta amarilla con la esperanza.

Con los hombres del capital, el desencuentro no podía ser mayor. Es cierto que el péndulo político y económico de los últimos sexenios se congeló en la derecha, sin oportunidades para retomar las urgencias sociales y la lucha contra la desigualdad.

Pero en aras de compensar lo descompensado, el desdén del presidente López Obrador hacia el empresariado –el nacional y el extranjero- se instala ya en la antesala de la abierta confrontación. Hay alerta roja con la caridad.

Quizás el mandatario, con un claro diagnóstico de lo que sucede en México y tan afecto como es para desempolvar la Historia, debería de voltear para aprender de lo que le sucedió al presidente Luis Echeverría.

Sobre todo para entender que por más razón que se tenga, desde una silla presidencial que tiene fecha de caducidad cada seis años, no se puede confrontar al mismo tiempo a la fe, a la esperanza y a la caridad. No juntos, jamás al mismo tiempo. Es suicida.

Que le pregunte a Luis Echeverría. A sus 98 años todavía lamenta hoy aquello que pudo haber sido y no fue.
msn.