¡Vendrá el ajuste de cuentas ante las instancias legales y judiciales!

1 del mas fuerte al mas debil

Cuando la fe no puede sustituir la ley por la injusticia perpetrada contra el débil.

En Catemaco, municipio donde la tradición religiosa y el comercio conviven desde hace décadas, ha surgido un caso que obliga a revisar una frontera delicada: la línea entre autoridad espiritual y responsabilidad patronal.

El asunto no es doctrinal. Es laboral.

Se habla de una congregación donde miembros trabajaron durante más de cinco años percibiendo ingresos por debajo del salario mínimo. No se trata de voluntariado religioso ni de obra caritativa: se trata de actividades productivas vinculadas a negocios formales de venta de alimentos, operados por quienes también ejercen liderazgo pastoral.

La Constitución mexicana y la Ley Federal del Trabajo son claras: el salario mínimo no es negociable. Es un piso de dignidad. No depende de la fe del trabajador ni de su convicción religiosa.

El conflicto estalló cuando uno de los empleados solicitó precisamente eso: el pago conforme a ley. La respuesta fue el despido.

Ahí el caso deja de ser anecdótico y se convierte en materia de posible responsabilidad.

A ello se suma otro elemento inquietante: la presunta venta de lotes o terrenos a miembros de la congregación sin plena certeza jurídica sobre la titularidad o propiedad real. Cuando la relación espiritual se mezcla con transacciones patrimoniales, el riesgo de abuso de confianza aumenta exponencialmente.

El problema central no es que un pastor sea empresario. Eso es legítimo.

El problema surge cuando la autoridad moral se convierte en herramienta de subordinación económica.

En comunidades pequeñas, el liderazgo religioso tiene un peso psicológico profundo. Quien cuestiona no solo enfrenta consecuencias laborales, sino aislamiento social y ruptura emocional. El daño moral puede ser tan severo como el patrimonial.

La ley protege el salario.

Pero también protege la dignidad.

Y cuando el trabajador despierta del encantamiento —porque eso parece ser lo que ocurre cuando alguien descubre que la obediencia no sustituye derechos— el golpe es doble: pierde el empleo y pierde la imagen idealizada de su guía espiritual.

El Estado laico no regula la fe.

Pero sí regula el trabajo.

Y cuando ambas esferas se cruzan, corresponde a las autoridades laborales y civiles determinar responsabilidades.

La fe es libre.

La explotación, no..

Tono literario y simbólico

El rebaño y el espejo

En las orillas verdes de Catemaco, donde el lago refleja el cielo como si fuera un espejo quieto, existe una historia que no habla de demonios ni de brujería, sino de algo más silencioso: el desencanto.

Dicen que el pastor hablaba de prosperidad.

Que predicaba disciplina, obediencia y bendición.

Y el rebaño creyó.

Trabajaron durante años. Cinco inviernos y cinco veranos. Con salarios pequeños, casi simbólicos, convencidos de que el sacrificio era parte del camino. Mientras tanto, el ministerio crecía y el negocio florecía en la venta de alimentos.

La prosperidad tenía dirección.

El rebaño también compró tierra. Lotes prometidos bajo la sombra del púlpito. No contratos, sino confianza. No escrituras, sino palabra.

Hasta que un día uno de ellos levantó la voz.

No pidió riqueza.

Pidió el salario mínimo.

Fue suficiente para romper el hechizo.

El pastor respondió no con parábola, sino con despido. Y en ese instante, la fe dejó de ser refugio y se convirtió en herida. Porque descubrir que quien hablaba de justicia no la practicaba es una forma de duelo.

El congregante no solo perdió trabajo. Perdió el relato en el que vivía.

La depresión no siempre nace del hambre. A veces nace del espejo. De mirarse y preguntarse cómo no vio antes lo evidente.

El mal pastor no siempre grita.

A veces sonríe.

A veces prospera.

Y el rebaño, cuando despierta, descubre que la fe verdadera no exige salarios de miseria ni ventas envueltas en incienso.

Catemaco seguirá siendo tierra de misterio.

Pero el mayor misterio no está en el lago.

Está en la conciencia humana cuando confunde autoridad espiritual con propiedad sobre la vida de otros.

Porque el verdadero pastor no necesita explotar para sostener su templo.

Y el verdadero creyente, cuando despierta, aprende que la fe no es obediencia ciega, sino dignidad.