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Argentina abre 2022 agobiada por el calor extremo, sin luz y con el covid disparado a cifras récord

Buenos Aires no llegaba a los 40 grados desde 1995, y los 41,1 del martes 11 de enero implican la segunda temperatura más alta de su historia

Es medianoche en Buenos Aires, las calles arden a 29 grados tras haber superado los 41 durante el día y en el informativo nocturno de la televisión suena Ry Cooder con “Dark was the night”. Música de western para describir un martes que fue una locura y que amenaza con repetirse en los próximos días: buena parte de la capital argentina sin energía eléctrica mientras los casos de covid llegaban al récord de 137.000 contagios en un solo día.

Y una pregunta recurrente que volvió a ser tema en medio del agobio sin fin por el calor: ¿es razonable que la factura mensual de electricidad equivalga al precio de un café en un bar?

Buenos Aires no llegaba a los 40 grados desde 1995, y los 41,1 del martes 11 de enero implican la segunda temperatura más alta de su historia. La ola de calor que cubre Argentina toda esta semana y la convierte en uno de los lugares más calientes del hemisferio sur se prolongará varios días, aunque no sea ese el principal problema: una cosa es que haga mucho calor, y otra que el servicio eléctrico no funcione, que los aires acondicionados y ventiladores se paralicen mientras los alimentos se echan a perder en las neveras.

Fueron 700.000 los hogares y comercios afectados, lo que implica millones de personas. El corte, de varias horas y en el momento pico de la demanda, se hizo sentir en buena parte de la capital argentina y en el área norte del extrarradio.

Nada nuevo para los argentinos, que hoy rescataban en redes sociales portadas de periódicos de 1989 en los que el entonces gobierno de Raúl Alfonsín anunciaba restricciones, cortes programados y que la televisión solo emitiría entre las 19 y las 23. Hay, sin embargo, diferencias entre lo que sucedía en aquel primer gobierno de la democracia y el actual de Alberto Fernández.

En 1989, el servicio eléctrico del área metropolitana de Buenos Aires era proveído por el Estado, pero desde los años ’90 lo hacen empresas privadas. Desde la llegada del kirchnerismo al poder en 2003, uno de los ejes de la política económica pasa por subsidiar los servicios públicos: luz, gas, agua e incluso Internet. Para ganarse su voto, el usuario no debe sentir dolor al pagar. Cristina Kirchner, hoy vicepresidenta, llevó hasta el extremo esa política cuando fue presidenta entre 2007 y 2015. La consecuencia fue la desinversión y cortes de electricidad sumamente frecuentes.

Así, las facturas llegan impresas con una leyenda que dice “con subsidio del Estado Nacional”. Las empresas eléctricas tienen congeladas sus tarifas desde hace dos años, tras tres en los que el gobierno de Mauricio Macri impulsó un fuerte aumento, convencido de que la gente entendería que la factura eléctrica no puede tener un valor simbólico.

La gente, en general, no lo entendió. Ese aumento fue una de las razones de su derrota electoral en 2019, razona hoy el ex presidente, que durante su gobierno logró moderar los cortes de suministro eléctrico: la red eléctrica mejoró en cuanto a capacidad de generación, pero muy poco en las redes de distribución.

La frase “¡Viva Perón!” se convirtió en tendencia en las redes sociales, impulsada por aquellos que atribuyen al fundador del peronismo y a sus seguidores la larga decadencia del país.

“Edenor lamenta el accidente ocurrido y particularmente en un día como el de hoy en el que se han registrado temperaturas inusuales con el consiguiente pico de consumo eléctrico”, señaló la empresa, que no puede garantizar que los cortes no vuelvan a producirse en los próximos días. El alivio para la empresa y el gobierno es que buena parte de los residentes en Buenos Aires están de vacaciones fuera de la ciudad en las profundidades de enero (el agosto argentino). Si la misma situación se hubiera dado en diciembre, la reacción podría haber sido otra muy diferente. Y eso que el martes se batió el récord histórico de demanda eléctrica.

Mientras los semáforos de la ciudad no funcionaban y el tráfico enloquecía, aquellos afortunados que teletrabajan recorrían bares para comprobar que tuvieran luz y al menos un buen ventilador para improvisar allí sus oficinas. Eso, y aunque fuera un camarero, algo difícil de garantizar hoy ante el ausentismo laboral rampante a partir de la fulminante extensión de la cepa ómicron en el país: comercios, oficinas y restauración trabajan a media máquina, en el mejor de los casos.

El gobierno anunció que aquellos contactos estrechos asintomáticos, vacunados con dos dosis y una de refuerzo, no deben hacer cuarentena. Un modo de evitar las picardías de aquellos que, en medio del agobio del verano, optaron por tomarse unas sencillas vacaciones.

Pero hasta allí llegó el gobierno, que a diferencia de lo que sucedió en 2020, cuando lideró la respuesta a la pandemia, no disimula su agotamiento y hartazgo en cuanto al tema covid: lo delega en las provincias y no quiere ser visto como responsable de ninguna restricción mientras se disparan los casos, pero no las muertes ni las internaciones. A cuatro horas de Buenos Aires, en las playas del Atlántico, miles y miles de jóvenes celebran y bailan sin mascarillas ni distanciamiento social. Lo voten o no, coinciden con Fernández: ellos también están hartos. No quieren saber nada más.

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