Golpe de Putin a la ayuda militar de Occidente a Ucrania

Smoke rises amid damaged buildings following an attack on the Yavoriv military base, as Russia's invasion of Ukraine continues, in Yavoriv, Lviv Oblast, Ukraine, March 13, 2022 in this picture obtained from social media. @BackAndAlive/via REUTERS THIS IMAGE HAS BEEN SUPPLIED BY A THIRD PARTY. MANDATORY CREDIT. NO RESALES. NO ARCHIVES.

Ataca una base, a apenas 25 kilómetros de la frontera de Polonia, que podría estar siendo utilizada para canalizar la llegada de armas

Vladimir Putin subió este domingo un peldaño más de la escalera para internacionalizar su invasión de Ucrania, e involucrar a otros actores en el conflicto provocado por su agresión unilateral, al atacar el ejército ruso, con ocho misiles de crucero lanzados desde Bielorrusia, uno de los centros de adiestramiento militar principales del oeste del país, el de Yavoriv, matando a 35 personas e hiriendo a otras 134.

La base, denominada Centro Internacional para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad, de 360 kilómetros cuadrados de superficie y situada a apenas 25 kilómetros de la frontera con Polonia, ya país OTAN, ha acogido regularmente ejercicios del ejército ucraniano junto con mandos de otros de países de la Alianza Atlántica -por última vez en septiembre pasado-

No sólo eso: medios anglosajones, entre ellos The Guardian, especulan con la posibilidad de que en estos momentos estuviera siendo utilizada tanto para canalizar la llegada desde Occidente de armas al país presidido por Volodimir Zelensky, como para la formación de voluntarios que Ucrania está entrenando a marchas forzadas para repeler el ataque ruso.

Según la versión del Ministerio de Defensa ruso, en el bombardeo a Yavoriv murieron “más de 180 mercenarios extranjeros”. Horas antes del ataque, el Kremlin había avanzado que declaraba “objetivo legítimo” cualquier vía de ayuda occidental al país que Putin ha invadido, y que está inmisericordemente bombardeando en sus zonas del este y el centro.

El lanzamiento de los misiles y la masacre en Yavoriv, cuyo número de víctimas aún no está cerrado, lo que da idea de la devastación producida por los impactos, parece responder a esa lógica: tratar de señalar a quienes puedan ayudar a Ucrania a enfrentar al invasor, que aún con una potencia de medios enormemente superior al invadido, por el momento está necesitando el cuerpo a cuerpo para avanzar, y aún así le está costando.

UN PASO MÁS EN LA ESCALADA

El ataque, que se produjo a las 5.45 horas de la madrugada de este domingo, y en el que las defensas antiaéreas ucranianas consiguieron repeler en el aire hasta una quincena de misiles, supuso en todo caso un paso más en lo que los expertos militares denomina la escalada del conflicto: atacar casi al lado de la OTAN, una base donde los países de la Alianza han realizado ejercicios, y que podría estar sirviendo ahora de aprovisionamiento para el régimen de Kiev.

De paso, Putin buscó también con ese movimiento, por un lado, amenazar tácitamente a Polonia, que va de la mano con Ucrania y como bisagra con Occidente en esta crisis -uno de los objetivos evidentes del presidente ruso es evitar el acercamiento ucraniano a las democracias occidentales, para prevenir veleidades parecidas en la propia Rusia-, y, por otro, poner en el objetivo al oeste de Ucrania, hasta ahora prácticamente intacto y haciendo vida normal, en contraste con el brutal castigo que está recibiendo el resto del país.

Así, la ofensiva rusa tuvo lugar, cuando entramos ya en el decimonoveno día de la invasión, a apenas 40 kilómetros de Leópolis (700.000 habitantes), la capital cultural de Ucrania y sin duda su gran ciudad menos prorrusa, en cuyo centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, los habitantes se vieron obligados a descender a los búnkeres, y donde va calando la sensación de que, más tarde o más temprano, el horror que vive el resto del país va a terminar llegando.

Rusia va avisando, sin prisa pero sin pausa, en los últimos días, a Leópolis: primero atacó la ciudad de Lutsk, al norte, luego Ivano-Frankivsk, al sur (y cerca de Moldavia), y ahora Yavoriv, al este, junto a Polonia. Putin va marcando el territorio que para él conforma, según ha ido expresando en los últimos años sin ambages, lo que debe ser la zona vital de influencia rusa en Ucrania, un país que quiere como poco neutral, y que estaba viendo, desde antes de la revuelta del Maidán en 2014, escorándose irremediablemente hacia la Unión Europea y las democracias occidentales, lejos del autoritarismo que emana de Moscú.

Los medios rusos, además, habían señalado repetidamente la base de Yavoriv como una instalación encubierta de la OTAN en suelo ucraniano, acusación que ha sido siempre negada por Kiev. Lo que resulta más plausible, según medios anglosajones, es que el lugar estuviera siendo utilizado por Ucrania para recibir el suministro de misiles antiaéreos y antitanque que Estados Unidos y la Unión Europea están facilitando al Gobierno de Volodimir Zelensky, cuyas peticiones de ayuda a la comunidad internacional tienen cada vez un tono más desesperado.

La estrategia de la escalada realizada por Putin es vista con preocupación en Occidente, que ha de medir milimétricamente sus pasos para no darle al Kremlin lo que los observadores internacionales creen que busca: justificaciones para socializar el conflicto.

HUIDA EN MASA

Al suroeste de Ucrania, bombardeos rusos destruyeron este domingo “totalmente”, según su alcalde, Pavlo Kyrylenko, la ciudad de Volnovakha (21.000 habitantes), en el área cercana a Mariupol, cuyos habitantes han huido en masa y que habría sido tomada por fuerzas separatistas prorrusas.

En su duodécimo día de asedio, Mariupol (445.000 habitantes) sigue mostrando, según imágenes por satélite citadas por diversos medios, un importante grado de destrucción material, con ya más de 2.100 civiles fallecidos por los ataques rusos, que valió este domingo incluso un llamamiento del Papa Francisco a que Moscú ponga fin a la “masacre” y al “inaceptable ataque armado en Ucrania”.

Kiev denunció también internacionalmente que Rusia no sólo bombardea zonas civiles, sino que dificulta el acceso de ayuda humanitaria a las áreas más atacadas: se reclamó, por ejemplo, que un convoy humanitario enviado a Mariupol desde Zaporiyia estuvo más de cinco horas bloqueado en un checkpoint ruso.

Hay que recordar que los habitantes de Mariupol, ciudad portuaria situada en el Mar de Azov, llevan prácticamente esos 12 días de numantina resistencia sin luz, con escasa calefacción, con poca agua y graves carencias alimentarias -lo que ha provocado conflictos entre la población-, en una situación que según Médicos Sin Fronteras precede a la catástrofe humanitaria.

El Gobierno turco pidió este domingo ayuda a Rusia para poder repatriar a sus nacionales en el lugar, y el propio Kremlin no tuvo empacho en admitir, por boca del general Mihail Mizintsev, que “en algunas ciudades [ucranianas atacadas por el ejército ruso] la situación ha alcanzado proporciones catastróficas”, atribuyendo, no obstante, la responsabilidad a “nacionalistas ucranianos”, y obviando que es Rusia quien causa los daños según todas las partes a excepción del Kremlin.

Dos personas murieron también en Odesa (990.000 habitantes), ciudad que aguarda paciente el asalto del ejército ruso acantonado en la vecina Mikolaiv, a 100 kilómetros al este, y donde una periodista de AFP registró daños en dos centros sanitarios causados por los bombardeos rusos. Y en torno a Kiev, la capital, prosiguieron los ataques del ejército de Putin con el objeto de sitiar definitivamente la ciudad, cuando la invasión rusa de Ucrania se encamina hacia su cuarta semana en clara pendiente ascendente.