Infancias en prisión: el riesgo de crecer en penales del Edomex

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La convivencia con sus madres no garantiza condiciones dignas, ya que enfrentan violencia, carencias y entornos no diseñados para su desarrollo, advierte investigación académica

Niñas y niños que viven con sus madres en penales del Estado de México enfrentan violencia, carencias y entornos que, según especialistas, no garantizan su desarrollo integral

En el Estado de México, niñas y niños que viven con sus madres dentro de centros penitenciarios crecen en condiciones que no garantizan su desarrollo integral, expuestos a violencia, limitaciones materiales y ausencia de servicios adecuados, de acuerdo con una investigación realizada durante dos años en cuatro penales de la entidad.

El estudio, encabezado por Alma Liliana Díaz Martínez, doctora en Ciencias Sociales e investigadora en estancia posdoctoral de la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), incluyó trabajo de campo en los centros penitenciarios de Santiaguito, en Almoloya de Juárez; Nezahualcóyotl Bordo, Nezahualcóyotl Sur y Barrientos,  en Tlalnepantla, donde se entrevistó a 25 mujeres privadas de la libertad y personal penitenciario, lo que permitió documentar las condiciones en las que se desarrolla la infancia en reclusión.


Condiciones que no garantizan una crianza digna

Aunque en algunos centros existen áreas destinadas a la maternidad, estas no aseguran entornos seguros ni adecuados para el desarrollo infantil. En el caso de Santiaguito, considerado uno de los penales con mejores instalaciones, existen espacios específicos para bebés; sin embargo, esto no se traduce en bienestar.

“Esto no solo lo dicen las madres, también lo reconoce el personal penitenciario que convive diariamente con ellas”, explicó la investigadora en entrevista con El Sol de Toluca.

A ello, dijo, se suma que los espacios destinados a la infancia, como las bebetecas impulsadas por organizaciones civiles, como Reinserta, no están disponibles de forma permanente y carecen de personal especializado.

“Existen estos espacios que parecieran dignificar la estancia, pero no están a disposición completa del binomio madre-hijo, hay horarios limitados y además no hay personal capacitado para atenderlos, por lo que en la práctica no pueden aprovecharse de tiempo completo”, señaló.

Violencia, motines y riesgos cotidianos

Uno de los aspectos más críticos identificados en la investigación es la exposición de niñas y niños a contextos de violencia dentro de los penales, particularmente en centros del Valle de México, donde las madres refirieron haber vivido motines, riñas e incluso situaciones en las que menores resultaron lesionados.

A estos riesgos, añadió la investigadora, se suma la exposición constante a dinámicas propias del entorno penitenciario, que incluyen conflictos entre internas, consumo de sustancias y actos sexuales en espacios compartidos, lo que genera preocupación entre las madres por el impacto que esto puede tener en sus hijos.

“Son infancias en riesgo, infancias cortadas, con poca estimulación, acostumbradas a entornos limitados incluso en lo sensorial, donde predominan ciertos colores y rutinas rígidas que afectan su desarrollo emocional”, advirtió Díaz Martínez.

La investigación documenta que estos niños replican dinámicas propias del encierro, desde los horarios hasta los juegos, que giran en torno a prácticas como el pase de lista, lo que evidencia la interiorización de la lógica carcelaria desde edades tempranas.