NAHLE Y La MAFIA VERACRUZANA, EL CONTRATO DE IMPUNIDAD
Veracruz no se gobierna; administra su tragedia. La llegada de Rocío Nahle al Palacio de Gobierno no fue el inicio de una transformación, sino la consolidación de un pacto de sombras. Hoy, el estado es el escenario de una de las traiciones más cínicas a la confianza ciudadana: la entrega del territorio a una estructura criminal que, bajo el nombre de la Mafia Veracruzana , opera con la puntualidad y la soberbia de quien se sabe socio del poder.
La gobernadora Nahle decidió ignorar que su estado ya no le pertenece. Mientras ella se refugia en la retórica de los “otros datos”, en las calles de Coatzacoalcos, Minatitlán, el Puerto, y los municipios de la zona norte la soberanía no la ejerce la Constitución, sino el fusil de un grupo que ha encontrado en la ineptitud oficial su mejor caldo de cultivo.
La incapacidad de Rocío Nahle para frenar la violencia no es un error de cálculo, es, presuntamente, una decisión política, ella es cómplice de Erick Domínguez y Pozos Castro dos sujetos identificados con vinculos con La Mafia veracruzana, aserrimos enemigos de Goyo Gómez, político preso de Cuitláhuac García y Rocío Nalhe,porque le mueve el tablero político.
Mantener una “paz” ficticia a cambio de ceder las carreteras, los puertos y el derecho de piso es el modelo de gestión que hoy impera en el Golfo. La Mafia Veracruzana no es un ente ajeno; es el subproducto de un gobierno que ha decidido que es más barato convivir con el crimen que combatirlo.
¿Cómo se explica que convoyes armados de este grupo atraviesan zonas blindadas sin que se dispare una sola bala? La respuesta es tan evidente como dolorosa: en Veracruz, la frontera entre el uniforme de la policía estatal y el chaleco del sicario se ha borrado.
Bajo el mando de Nahle, la seguridad pública se ha convertido en una agencia de vialidad para el trasiego , garantizando que el “negocio” fluya siempre y cuando no se rompa la estética de la tranquilidad oficialista.
Resulta indignante ver a una mandataria que presume soberanía energética mientras es incapaz de ejercer soberanía territorial. La incapacidad de Nahle es absoluta: no ha logrado depurar las corporaciones policiales, no ha judicializado a los líderes de la Mafia Veracruzana y ha permitido que el presupuesto de seguridad se diluya en gastos opacos mientras los comercios cierran ante la extorsión impune.
Los presuntos nexos entre su gobierno y esta estructura criminal no son solo sospechas de café; son el resultado de un patrón de comportamiento. Cada vez que la gobernadora guarda silencio tras una masacre, cada vez que minimiza el “cobro de piso” y cada vez que mantiene en sus puestos a mandos medios señalados por corrupción, está firmando una extensión del contrato de impunidad. Nahle no es una víctima de la inseguridad; es, por omisión o por conveniencia, su principal facilitadora.
En Veracruz, la Mafia Veracruzana ha dejado de ser solo un cártel para convertirse en un instrumento de control social. Se sospecha que este grupo funciona como el brazo armado de la administración , encargado de silenciar voces críticas y mantener el control electoral en las zonas más conflictivas. No es coincidencia que donde impera la Mafia, Morena arrasa. Es la “Pax Narca” en su máxima expresión: votos a cambio de rutas libres; silencio un cambio de impunidad.
Este grupo ha institucionalizado el terror bajo la mirada complaciente de una gobernadora que prefiere cortar listas en obras inconclusas que dar la cara a las madres de los desaparecidos. La Mafia Veracruzana es el espejo donde se refleja el verdadero rostro del gobierno actual: un sistema que utiliza la justicia de forma selectiva y que ha convertido el servicio público en un refugio de la narcopolítica.
Veracruz está pagando un precio altísimo. El éxodo de empresas, la parálisis del transporte de carga y el miedo que respira la ciudadanía son el legado real de Rocío Nahle. No habrá refinería ni proyecto estratégico que rescate al estado si su nacimiento está podrido por la convivencia con el crimen.
La historia será implacable con Nahle. La posteridad no la recordará como la primera mujer gobernadora del estado, sino como la mandataria que miró hacia otro lado mientras la Mafia Veracruzana se adueñaba del destino de millones. La omisión frente al crimen es, en el ejercicio del poder, una forma de autoridad.
México debe poner los ojos en Veracruz. Lo que ocurre hoy en el Golfo es la advertencia de lo que sucede cuando un gobierno estatal abdica de su responsabilidad primaria. Los veracruzanos no merecen una administradora de la impunidad; merecen justicia.
Es hora de romper el pacto de silencio. Rocío Nahle debe responder: ¿Para quién gobierna realmente? ¿Para la gente que confió en ella o para el cártel que hoy decide quién vive y quién muere en Veracruz? Mientras el gobierno siga siendo el binomio de la Mafia Veracruzana, el estado seguirá hundido en un pantano de sangre y corrupción. Es momento de recuperar Veracruz, antes de que el silencio de Nahle termine por enterrarlo.Ella es la responsable de derrame de sangre que hay por todo el estado.
